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Pregón Semana Santa 2009

Doña Francisca del Carmen Crespo Cuéllar en Adra a 28-03-09

PREGÓN SEMANA SANTA 2009

Sr. Párroco, Sr. Hermano Mayor y Junta de Gobierno de la Cofradía del Santísimo Cristo de la Expiración y María Santísima de los Dolores. Hermanos Mayores de las distintas Cofradías y Hermandades, autoridades civiles y militares, que hoy nos acompañáis, señoras y señores.

Buenas noches a todos y gracias por su presencia.

Debo comenzar por devolverle a mi presentadora y sobrina Ana María Bogas el mismo afecto y cariño que ella ha volcado en sus palabras, ya que siempre las palabras del que presenta, suelen ser más de lo que una es o pretende ser. Creo que el cariño rebasa los límites de la objetividad y lo que tú crees que son virtudes, no son más que los lazos de sangre que nos unen.

Gracias querida Anama, eres un cielo y honras este atril como honras a tu familia. Te quiero.

En primer lugar agradecer a la Cofradía del Santísimo Cristo de la Expiración y María Santísima de los Dolores, con su Hermano Mayor Don José Salvador Sánchez Salinas y a su Junta de Gobierno que hayan puesto su confianza en mí para hacer el pregón de este año. Cuando me lo comunicaron, en ese momento, no lo dudé, dije ¡sí!, que para mí era un gran honor hacer el pregón de mi cofradía y decir lo que mi corazón siente a mis paisanos. Pero cuando llegué a mi casa, a solas con mi marido, me invadieron unos sentimientos que comencé a comentar a Juan, ¿defraudaré a quienes han confiado en mí, o no, sabré expresar lo que yo siento? Él con su paciencia hacia mí que tantos años le ha caracterizado empezó a hablarme y animarme diciéndome: coge un folio y cuenta tus recuerdos, tus vivencias, las que tuvimos en Jerusalén, y haciéndole caso me puse a escribir.

Mi amor por la Semana Santa de Adra, o sea la de mi pueblo, me lo inculcó mi familia, lo mismo que yo he hecho con mi hijo y espero con toda mi alma que él haga lo mismo con mi nieta Marta. Está todavía en mi memoria cuando yo era niña y se acercaba la Semana Santa; mi madre con todas mis tías se reunían en la casa de mi abuelo Miguel, al que yo adoraba, para hacer los rosquillos y borrachillos. La masa la hacía mi tía Lolín, le salían y le salen exquisitos; mi madre, mis tías y mi hermana los freían y los pasaban por almíbar y azúcar. Mis primos y yo jugábamos en el patio que tenía la casa de mi abuelo con la masa que nos daban y esperábamos que nos llamaran si algún rosco se rompía para comérnoslo aunque estuvieran calientes.

El Domingo de Ramos mis tías nos hacían a todos los niños montones de cosas con las hojas de las palmas, como lagartos, anillos, cruces, etc. Mi tía Isabel era la encargada de llevarnos a mis primas, a mi hermana y a mí a las procesiones y no nos recogíamos hasta que las imágenes no estaban dentro de la iglesia.

¡Qué tiempos tan entrañables aquellos!

Estando ya en la escuela nos reuníamos las profesoras de párvulos, Ana, Marga, Esther, Carmen y yo, cuando llegaba el miércoles de ceniza, comenzábamos hacerle a los niños el traje de penitente, de cartulina y papel de seda el capuchón, de color negro o de color morado y el traje con una bolsa negra de la basura. A las niñas les hacíamos el traje de mantilla, que consistía en una peineta dorada o color plata, la mantilla blanca de papel de seda y el traje con una bolsa de basura negra. ¡Qué buenos recuerdos aquellos!

Yo misma soy desde hace muchos años penitente; me vestí por primera vez en el año 1987; creo que fui una de las primeras mujeres en hacerlo; desde ese día he seguido vistiéndome todos los años aunque fuera un solo día; otras veces he ido en la procesión por el cargo que tenía en ese momento y ahora voy como miembro de la Junta de Gobierno. ¡Es bonito ver como funciona tu Cofradía desde distintas perspectivas y cada una, me ha aportado y me aporta un algo distinto!

Ese año, 1987, fue una Semana Santa muy especial, con muchas vivencias imborrables que están en mí memoria y la recordaré con mucho cariño, ternura y como algo mágico. Se reforzó en mí la fe, a ser constante, a respetar a quién no cree en ti, a luchar por un sueño, el comprender a tus enemigos, el ser amiga de tus amigos, en definitiva: ser mejor persona.

Cuando estuve en Jerusalén y vi a lo lejos esa ciudad, comprendí por qué la llaman Santa. Porque no hay otra ciudad como ella, es Santa para el Pueblo Judío, Santa para el Mundo Árabe y es Santa para nosotros los Cristianos, porque dentro y fuera de sus murallas, Cristo, nuestro Salvador, vivió los momentos cumbres de su existencia. Tus calles, Jerusalén, están regadas por la sangre de nuestro Redentor; en tus palacios se urdió la sentencia de muerte; en las cumbres de uno de tus montes, Él entregó su vida y de uno de tus sepulcros excavados en la roca, surgió victorioso en las primeras horas del domingo de Pascua Judía, estrenando así el acontecimiento cumbre de la historia: su Resurrección.

La Iglesia prepara nuestra Semana Santa a lo largo de todo el año, pero con más fuerza durante el tiempo de Cuaresma. Sin Cuaresma no hay Semana Santa. Será mi Semana Santa la que yo he querido que sea, preparando mi alma, mi corazón, limpiándome bien mis ojos, y una vivencia tan profunda no se improvisa porque estos días vivimos el misterio del amor de Jesucristo que se ofrece por nosotros llegando hasta morir en la Cruz y la fortaleza de María Santísima llena de dolor y de amor al verlo. Por eso cada persona vive la Semana Santa de una forma distinta.

Es tiempo de reflexión y recogimiento para todo cristiano. En estos días Santos los cristianos nos preparamos con espíritu de fe a celebrar los grandes misterios de nuestra redención y salvación: Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo.

Son días en que debemos echar una mirada a nuestro interior e invocar al Espíritu Santo, para que nos haga ver con claridad el camino a seguir, ya que son días de oración, de penitencia personal, de renovación de nuestra conducta y nuestra vida.

La Semana Santa de Adra para mí tiene algo muy especial. Como todos los años se nos llenan las calles de penitentes que esperan impacientes el momento de sacar a la calle su procesión, de ponerse su túnica, de ceñirse el cordón o el fajín, cubrir la cabeza con el airoso capuchón. Ellos son los que asumen cada año el compromiso de mostrar por la calles de Adra el relato de la Redención, la gran lección del sufrimiento y triunfo. Anónimos penitentes que aportan la llama viva de sus velas para alumbrar el cortejo, o cargan con la cruz, para recordar el agobiado camino del Redentor. Los capataces de trono que con su paciencia y su buen hacer dirigen a los costaleros para que esas imágenes brillen delante de nuestros ojos, jefes de filas, que van y vienen, atentos a cualquier detalle. Los costaleros y costaleras que soportan durante horas el peso de los tronos clavándoselos en el hombro pero con esa sonrisa en sus labios, para obsequiar a sus amigos cuando los miran. Cuando rendidos por el esfuerzo, vuelven a sus casas con la satisfacción de que todo ha salido bien, se quitan las túnicas y encontrarán en sus hombros moratones; dirán que eso no es nada para lo que padeció Cristo, y aunque cansados, sentirán en su alma una gran alegría.

El Cristo y La Virgen desfilan por las calles de Adra para contarnos, un año más, su agonía y su triunfo. Lo veremos colgado en la Cruz, perdonando a sus enemigos. Abrámosle nuestro pecho y acompañémosle en la soledad de su Pasión y Muerte y hagamos una gran fiesta de su Resurrección. Las calles llenas de niños y mayores alrededor de los desfiles procesionales: penitentes, madrinas de mantilla, saeteras, costaleros, se mueven en silencio acompañando las sagradas imágenes que se hace visibles entre flores y luces.

Quiero tener un grato recuerdo para las Cofradías, ya que son viveros de formación de cristianos comprometidos, y que con sus pasos ayudan a la comunidad de Adra a comprender mejor la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.

MUCHAS GRACIAS.

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